Llegar al aeropuerto Charles De Gaulle es ya comenzar a disfrutar de las primeras nociones de hospitalidad de los parisinos. Acostumbrados a recibir al turista con una sonrisa, su educación europea les permite a la mayoría de ellos contestar 'sí" o "yes" cada vez que escuchan la pregunta sobre si hablan otro idioma. Y aún aquellos que responden con un esforzado "litlé" (un chamuscado 'muy poco' en un forzado inglés), ante la misma requisitoria dejan entrever que harán todo lo posible por establecer una comunicación y ayudar al forastero. El largo trayecto en taxi del aeropuerto hasta el centro de París, a través de una moderna autopista, pone en clima al visitante con sus carteles publicitarios e indicadores en francés.
La llegada al centro de París se adivina en el abrupto cambio del asfalto y la inanimada ruta por las callecitas angostas, adoquinadas y casi medievales que anticipan el encuentro con una ciudad milenaria. Los edificios antiguos pero impecablemente conservados, la preservación de un estilo arquitectónico y la serena aunque caótica disposición de sus pequeñas calles, muchas de ellas de diagramación concéntrica, marcan un dibujo de ciudad diferente, carente del irrefrenable trajín que contagian habitualmente las grandes urbes, intercambiado por una apacible solemnidad. Los edificios bajos, ninguno por encima de los diez o doce pisos, no son de la suficiente altura como para impedir que desde el taxi pueda verse, majestuoso e imponente, el Arco del Triunfo, dominando la explanada de la Avenida de los Campos Eliseos (Champs Elysees).
¿Hace falta presentarla? Es el símbolo de la ciudad. La Torre Eiffel es sinónimo de París desde hace más de cien años.
La Iglesia del Sagrado Corazón, en Montmatre, el sector más bohemio de París. Su explanada permite una visión panorámica de toda la ciudad.
La sorpresa que origina su repentina aparición ante los ojos del turista es inmensa y agradable, pero no admite una comparación con la visión de la altiva y soñada Torre Eiffel, que con su presencia permanente desde todos los ángulos pasará a ser la brújula orientadora hasta el fin de la visita a París.
La Catedral de París: Notre Dame
El famoso cabaret Moulin Rouge (Molino Rojo), en el corazón del barrio de Montmatre, sector predilecto de los intelectuales parisinos.
Una caminata por debajo obliga a admirar la colosal estructura napoleónica y admirar su diseño y sus hermosas esculturas. Su belleza y su inmensidad cortan el aliento, impresiona gratamente, retiene las miradas, detiene el paso inquieto del turista, obliga a la pausa, invita al contacto directo con un pedazo crítico del pasado galo. En el centro, enmarcada por solemnes esculturas yace la Tumba al Soldado Desconocido, un encuentro con la historia más reciente de Francia.
La antigua Opera de París del Arquitecto Garnier
Al llegar la noche, la avenida Champs Elysees invita a disfrutar de sus luces, a caminar por sus amplias aceras llenas de turistas recorriendo las casas de venta de souvenirs, o degustar la incomparable cocina francesa en alguno de sus restaurantes, o hacer compras en sus lujosas tiendas, o bien asombrarse con algún espectáculo, ya sea en alguno de sus cines con proyección de películas francesas e internacionales o experimentando el sabor del "Cabaret" en el mítico Lido. En resumen, una nutrida lista de posibilidades para aprovechar la famosa vida nocturna de la ciudad luz. Por la misma vía subterránea se puede llegar al símbolo de Francia. Haciendo conexión en la estación Trocadero, un precioso barrio tradicional ubicado en el área homónima, o bien caminando cuesta abajo hacia el río Sena, se llega al soñado encuentro con la Torre Eiffel. Si el Arco del Triunfo puede describirse como estructura colosal e imponente, uno queda sin palabras a medida que se acerca a la afamada torre. Única e inimitable, la Torre Eiffel es un ícono mundial, una de esas imágenes que pueden reemplazar el nombre de una ciudad y ser igual o aún más fácilmente descriptivos de qué lugar se trata. Al cruzar el río, observar belleza del Sena se hace difícil para el recién llegado, ante la subyugante atracción de la torre. Sin embargo, uno decide esperar, dando lugar a la contemplación extasiada de su belleza. Sus barcazas cansinas, el rítmico ondular de sus aguas, la incomparable desigualdad de sus múltiples puentes, a cual más hermoso y subyugante, hacen del Sena un punto de inflexión. Verlo es saber que permanecerá en las retinas como recuerdo indeleble, como un paisaje pacífico que invitará a futuros encuentros melancólicos con la memoria de sus aguas perennes. Y luego de disfrutar del Sena, por fin, el deleite con el símbolo más preciado de los franceses, la Torre Eiffel. Erigida como atracción temporaria para la celebración del centenario de la Revolución Francesa, cuesta entender cómo pudo darse un cambio tan profundo entre los parisinos de aquel entonces y los contemporáneos. En efecto, un repaso de la historia de su construcción nos indica que esta adorada pieza ornamental fue por entonces simplemente una odiada estructura de hierro, resistida por los habitantes de fines del siglo diecinueve, quienes no podían compaginar mentalmente su presencia en el centro de un París caracterizado por las delicadas líneas de una arquitectura realista que los enorgullecía, un diseño que había enriquecido y modernizado el estilo europeo renacentista y para el cual tamaño monumento no significaba otra cosa que un montón de chatarra ferrosa que los avergonzaba, ante la inminente llegada de los extranjeros que llegarían al evento. Tal era el grado de desprecio por la torre, que muchos intelectuales optaron por pasar largos momentos en ella, ya que era "el único lugar de París desde donde no se la veía".
La pirámide de cristal señala la moderna entrada al milenario Museo de Louvre
De más está decir que su presencia en el centro del paisaje parisino durante la celebración del centenario fue tan exitosa que el programado desarme de su estructura, afortunadamente, nunca se concretó. Enclavada en cuatro monolíticos pilares de piedra, sus cuatro patas se yerguen altivas para unirse en un primer piso adonde se puede llegar por escalera o por ascensor. Allí, un tradicional restaurante ofrece la oportunidad de degustar con paladar francés una pausa para estirar la visita al emblema de París. Desde el primer piso, sólo por ascensor, se llega a la segunda estación, más angosta, formada por la tendencia a la unión de las cuatro patas de la torre, tendencia que se materializa en la simbiosis de sus cuatro vértices al llegar a la cima. Una vez llegados a la tercera estación, la Torre Eiffel guarda para el visitante una nueva sorpresa, la posibilidad de trepar, a través de una angosta escalera, al tope, a la terraza descubierta que permite el contacto directo con los cuatro puntos cardinales de París, punto de observación inigualable para contemplar toda la belleza de esta ciudad. Terminada la travesía, una vez abajo, no es posible alejarse sin virar para mirarla una y otra vez, como una adoración. Por la noche, un juego de luces realza, de ser esto posible, su hermosura. A poca distancia de la Torre Eiffel, a simple vista del Arco del Triunfo, otro punto de fama universal espera con más agradables sorpresas al visitante: el Museo del Louvre. Su edificio de construcción tradicional ha agregado, hace apenas unos años, otro elemento cuya imagen ha recorrido el mundo entero, transformándose en otro punto característico del paisaje parisino, la pirámide de cristal. Enclavada en la entrada misma del museo, sirve como entrada al mismo. La pirámide es una muestra irrefutable de la persistente audacia de los franceses. Así como un siglo atrás asombraron al mundo con una torre de hierro en el centro de la más tradicional arquitectura, hoy impactan erigiendo una torre de cristal en la entrada misma del museo más grande del mundo, uniendo presente y pasado de la manera que sólo París puede hacerlo. Quien crea que una excursión al Museo de Louvre es algo costoso se equivoca. Una entrada general de diez dólares autoriza a recorrer prácticamente la totalidad de sus instalaciones, intento de por sí inútil, dado el desmesurado tamaño del museo y la impresionante exhibición de obras de arte de todas las épocas históricas, divididas en incontable cantidad de pabellones que albergan por igual pinturas de todos los estilos y esculturas de todo tipo. Por si ello no alcanzara, todo un sector es mantenido como en sus épocas de la sede del gobierno napoleónico (alguna vez el museo de hoy fue el palacio del emperador).
Por supuesto, inmersos en la casi infinita variedad de sus pinacotecas, la sala más concurrida es la que conserva, sonriente y radiante, a La Gioconda. La incomparable simpleza de la Mona Lisa de Leonardo Da Vinci, por lejos la pintura más famosa del mundo, es un imán de inevitable atracción para el turista. Es imposible mirarla y continuar caminando por el Louvre. Su presencia ante los ojos del visitante es subyugante, atrapa, obliga a detenerse y admirarla. Cerca, muy cerca, la no menos famosa Venus de Milo también concentra la mayor concurrencia de la gente. No obstante, caminar por el museo lleva a una reflexión. Es tal el despliegue de belleza artística que uno se obliga a pensar en el por qué del conocimiento masivo. De pronto uno se plantea si no existe un cierto grado de injusticia. No porque las famosas obras no sean merecedoras de la fama, sino cómo es posible que tantas otras, de similar belleza, no la tengan. En concreto, quien quiera conocer el Museo del Louvre debe saber que necesita contar con algo imprescindible antes de emprender la recorrida, tiempo. Si hablamos de lugares característicos de París, es imposible no recalar en su catedral: la Iglesia de Notre Dame (Nuestra Señora). Una vez más, el visitante es impactado por su diseño singular, su inconfundible aspecto exterior, con sus dos torres truncas en la cabecera del edificio milenario, y su majestuoso interior, la variedad de sus vitreaux, sus añejas estatuas religiosas que acompañan el trayecto completo alrededor de la nave. Un panorama diferente presenta la famosa Iglesia del Sagrado Corazón (Sacre Cour). Ubicada en el sector más elevado de París, el templo es un atractivo turístico debido no sólo a la hermosura de sus líneas sino también a que desde sus altas escalinatas se puede ver una postal aérea de la ciudad, incluyendo, por supuesto, a la Torre Eiffel.
Atardecer en París. Una imagen de ensueño del río Sena y uno de sus hermosos e innumerables puentes. Al fondo puede verse la Iglesia de Notre Dame.
Pero lo que más impresiona al visitante es la bohemia del barrio circundante, Montmatre. Sitio de encuentro de la elite intelectual europea, el antiguo rincón de los artistas y literatos es hoy albergue de pintores aficionados con ambición, que aprovechan el interminable desfile de turistas para ofrecerse como retratistas. Por un precio moderado, el visitante puede llevarse de recuerdo su propia imagen en las pinceladas de algún ignoto artista plástico que en el futuro (¿quién sabe?) llegará a la fama, como sus antecesores. Poblado de decenas de pequeños bares y restaurantes, centros de exhibiciones y museos, Montmatre es otra de las muy agradables sorpresas de una metrópolis que no termina de sorprender. No es posible despedirse de París sin probar los manjares de la cocina francesa. Sería imposible y tedioso enumerar los lugares donde es posible comer platos típicos franceses en París. Cada zona posee una larga variedad de restaurantes donde deleitarse. Si es por elegir, tal vez el lugar que mejor represente la cocina francesa sea el Cafe de la Paix. Por el ambiente, por la atención, por la presentación de sus platos, por el cuidado de sus delicadas ornamentaciones interiores, por su estratégica ubicación frente a la Ópera de París, el Cafe de la Paix es un lugar en donde el turista siente que la cena no se limita a la comida en sí, sino a disfrutar de la tradición parisina en su más elevada expresión. Si algo de malo habrá de buscarse a una visita a París, esto es que indefectiblemente hay que regresar. Atrás quedan la belleza de sus paisajes sin igual, la majestuosidad de sus iglesias, la magnificencia de sus monumentos, la serena preciosura de su río Sena, la bohemia de sus rincones artísticos, lo impactante de su arquitectura, la singularidad de sus museos, y por supuesto, la esbelta, metálica e inolvidable silueta de su Torre Eiffel, símbolo inequívoco de su grandioso pasado y su orgulloso presente. Todo lo que hace que París se transforme, aún antes de dejarla, en un lugar de ensoñación, en un paraje que la memoria de quienes la visitan habrá de guardar mientras vivan, para soñar con volver. Porque París no es una ciudad... París es un sueño.
. No es lo que uno cree. No es lo que uno espera. Quien conoce el Arco de Washington Square, en el Greenwich Village de New York, imaginará algo de similar factura. Se equivoca. El porte escultural y el tamaño descomunal, de proporciones faraónicas del Arco del Triunfo, impacta a primera vista. Un túnel peatonal decorado con motivos históricos por debajo de Champs Elysees permite llegar a él sin cruzar a nivel la transitada avenida.
Imponente y fantástico, el Arco del Triunfo, sobre Champs Elysees.
Una de las mayores atracciones del Museo de Louvre: La Venus de Milo.
La Catedral de París: Notre Dame.
Una simple pero densa red de subterráneos permite llegar a todos los puntos de la ciudad de manera económica, cómoda y rápida. La llegada a la estación De Gaulle y la corta caminata hasta el Arco del Triunfo permite un contacto directo e inolvidable con el famoso monumento.