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Turismo

Alrededor del Mundo "PARIS...no es una Ciudad"

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Carlos A. Caprioli
texto y fotos
Llegar al aeropuerto Charles De
Gaulle es ya comenzar a
disfrutar de las primeras
nociones de hospitalidad de los
parisinos. Acostumbrados a
recibir al turista con una
sonrisa, su educación europea
les permite a la mayoría de ellos
contestar 'sí" o "yes" cada vez
que escuchan la pregunta sobre
si hablan otro idioma.
Y aún aquellos que responden
con un esforzado "litlé" (un
chamuscado 'muy poco' en un
forzado inglés), ante la misma
requisitoria dejan entrever que
harán todo lo posible por
establecer una comunicación y
ayudar al forastero.
El largo trayecto en taxi del
aeropuerto hasta el centro de
París, a través de una moderna
autopista, pone en clima al
visitante con sus carteles
publicitarios e indicadores en
francés.
La llegada al centro de París se
adivina en el abrupto cambio
del asfalto y la inanimada ruta
por las callecitas angostas,
adoquinadas y casi medievales
que anticipan el encuentro con
una ciudad milenaria.
Los edificios antiguos pero
impecablemente conservados,
la preservación de un estilo
arquitectónico y la serena
aunque caótica disposición de
sus pequeñas calles, muchas de
ellas de diagramación
concéntrica, marcan un dibujo
de ciudad diferente, carente del
irrefrenable trajín que
contagian habitualmente las
grandes urbes, intercambiado
por una apacible solemnidad.
Los edificios bajos, ninguno por
encima de los diez o doce pisos,
no son de la suficiente altura
como para impedir que desde el
taxi pueda verse, majestuoso e
imponente, el Arco del Triunfo,
dominando la explanada de la
Avenida de los Campos Eliseos
(Champs Elysees).
¿Hace falta presentarla? Es el símbolo de la
ciudad. La Torre Eiffel es sinónimo de París
desde hace más de cien años.
La Iglesia del Sagrado Corazón, en Montmatre,
el sector más bohemio de París. Su explanada
permite una visión panorámica de toda la
ciudad.
La sorpresa que origina su
repentina aparición ante los
ojos del turista es inmensa y
agradable, pero no admite una
comparación con la visión de la
altiva y soñada Torre Eiffel, que
con su presencia permanente
desde todos los ángulos pasará
a ser la brújula orientadora
hasta el fin de la visita a París.
La Catedral de París: Notre Dame
El famoso cabaret Moulin Rouge (Molino Rojo), en el corazón del barrio de
Montmatre, sector predilecto de los intelectuales parisinos.

Una caminata por debajo obliga a admirar la colosal estructura napoleónica y
admirar su diseño y sus hermosas esculturas.
Su belleza y su inmensidad cortan el aliento, impresiona gratamente, retiene
las miradas, detiene el paso inquieto del turista, obliga a la pausa, invita al
contacto directo con un pedazo crítico del pasado galo. En el centro,
enmarcada por solemnes esculturas yace la Tumba al Soldado Desconocido, un
encuentro con la historia más reciente de Francia.
La antigua Opera de París del Arquitecto Garnier

Al llegar la noche, la avenida Champs Elysees invita a disfrutar de sus luces, a
caminar por sus amplias aceras llenas de turistas recorriendo las casas de venta
de souvenirs, o degustar la incomparable cocina francesa en alguno de sus
restaurantes, o hacer compras en sus lujosas tiendas, o bien asombrarse con
algún espectáculo, ya sea en alguno de sus cines con proyección de películas
francesas e internacionales o experimentando el sabor del "Cabaret" en el
mítico Lido.
En resumen, una nutrida lista de posibilidades para aprovechar la famosa vida
nocturna de la ciudad luz.
Por la misma vía subterránea se puede llegar al símbolo de Francia. Haciendo
conexión en la estación Trocadero, un precioso barrio tradicional ubicado en el
área homónima, o bien caminando cuesta abajo hacia el río Sena, se llega al
soñado encuentro con la Torre Eiffel. Si el Arco del Triunfo puede describirse
como estructura colosal e imponente, uno queda sin palabras a medida que se
acerca a la afamada torre.
Única e inimitable, la Torre Eiffel es un ícono mundial, una de esas imágenes que
pueden reemplazar el nombre de una ciudad y ser igual o aún más fácilmente
descriptivos de qué lugar se trata.
Al cruzar el río, observar belleza del Sena se hace difícil para el recién llegado,
ante la subyugante atracción de la torre. Sin embargo, uno decide esperar,
dando lugar a la contemplación extasiada de su belleza. Sus barcazas cansinas,
el rítmico ondular de sus aguas, la incomparable desigualdad de sus múltiples
puentes, a cual más hermoso y subyugante, hacen del Sena un punto de
inflexión. Verlo es saber que permanecerá en las retinas como recuerdo
indeleble, como un paisaje pacífico que invitará a futuros encuentros
melancólicos con la memoria de sus aguas perennes.
Y luego de disfrutar del Sena, por fin, el deleite con el símbolo más preciado de
los franceses, la Torre Eiffel.
Erigida como atracción temporaria para la celebración del centenario de la
Revolución Francesa, cuesta entender cómo pudo darse un cambio tan
profundo entre los parisinos de aquel entonces y los contemporáneos.
En efecto, un repaso de la historia de su construcción nos indica que esta
adorada pieza ornamental fue por entonces simplemente una odiada estructura
de hierro, resistida por los habitantes de fines del siglo diecinueve, quienes no
podían compaginar mentalmente su presencia en el centro de un París
caracterizado por las delicadas líneas de una arquitectura realista que los
enorgullecía, un diseño que había enriquecido y modernizado el estilo europeo
renacentista y para el cual tamaño monumento no significaba otra cosa que un
montón de chatarra ferrosa que los avergonzaba, ante la inminente llegada de
los extranjeros que llegarían al evento. Tal era el grado de desprecio por la
torre, que muchos intelectuales optaron por pasar largos momentos en ella, ya
que era "el único lugar de París desde donde no se la veía".
La pirámide de cristal señala la moderna entrada al milenario Museo de Louvre
De más está decir que su presencia en el centro del paisaje parisino durante la
celebración del centenario fue tan exitosa que el programado desarme de su
estructura, afortunadamente, nunca se concretó.
Enclavada en cuatro monolíticos pilares de piedra, sus cuatro patas se yerguen
altivas para unirse en un primer piso adonde se puede llegar por escalera o por
ascensor. Allí, un tradicional restaurante ofrece la oportunidad de degustar
con paladar francés una pausa para estirar la visita al emblema de París. Desde
el primer piso, sólo por ascensor, se llega a la segunda estación, más angosta,
formada por la tendencia a la unión de las cuatro patas de la torre, tendencia
que se materializa en la simbiosis de sus cuatro vértices al llegar a la cima. Una
vez llegados a la tercera estación, la Torre Eiffel guarda para el visitante una
nueva sorpresa, la posibilidad de trepar, a través de una angosta escalera, al
tope, a la terraza descubierta que permite el contacto directo con los cuatro
puntos cardinales de París, punto de observación inigualable para contemplar
toda la belleza de esta ciudad.
Terminada la travesía, una vez abajo, no es posible alejarse sin virar para
mirarla una y otra vez, como una adoración. Por la noche, un juego de luces
realza, de ser esto posible, su hermosura.
A poca distancia de la Torre Eiffel, a simple vista del Arco del Triunfo, otro
punto de fama universal espera con más agradables sorpresas al visitante: el
Museo del Louvre.
Su edificio de construcción tradicional ha agregado, hace apenas unos años,
otro elemento cuya imagen ha recorrido el mundo entero, transformándose en
otro punto característico del paisaje parisino, la pirámide de cristal. Enclavada
en la entrada misma del museo, sirve como entrada al mismo.
La pirámide es una muestra irrefutable de la persistente audacia de los
franceses. Así como un siglo atrás asombraron al mundo con una torre de
hierro en el centro de la más tradicional arquitectura, hoy impactan erigiendo
una torre de cristal en la entrada misma del museo más grande del mundo,
uniendo presente y pasado de la manera que sólo París puede hacerlo.
Quien crea que una excursión al Museo de Louvre es algo costoso se equivoca.
Una entrada general de diez dólares autoriza a recorrer prácticamente la
totalidad de sus instalaciones, intento de por sí inútil, dado el desmesurado
tamaño del museo y la impresionante exhibición de obras de arte de todas las
épocas históricas, divididas en incontable cantidad de pabellones que albergan
por igual pinturas de todos los estilos y esculturas de todo tipo. Por si ello no
alcanzara, todo un sector es mantenido como en sus épocas de la sede del
gobierno napoleónico (alguna vez el museo de hoy fue el palacio del
emperador).
Por supuesto, inmersos en la casi infinita variedad de sus pinacotecas, la sala
más concurrida es la que conserva, sonriente y radiante, a La Gioconda. La
incomparable simpleza de la Mona Lisa de Leonardo Da Vinci, por lejos la
pintura más famosa del mundo, es un imán de inevitable atracción para el
turista. Es imposible mirarla y continuar caminando por el Louvre. Su presencia
ante los ojos del visitante es subyugante, atrapa, obliga a detenerse y
admirarla.
Cerca, muy cerca, la no menos famosa Venus de Milo también concentra la
mayor concurrencia de la gente.
No obstante, caminar por el museo lleva a una reflexión. Es tal el despliegue de
belleza artística que uno se obliga a pensar en el por qué del conocimiento
masivo. De pronto uno se plantea si no existe un cierto grado de injusticia. No
porque las famosas obras no sean merecedoras de la fama, sino cómo es
posible que tantas otras, de similar belleza, no la tengan.
En concreto, quien quiera conocer el Museo del Louvre debe saber que
necesita contar con algo imprescindible antes de emprender la recorrida,
tiempo.  
Si hablamos de lugares característicos de París, es imposible no recalar en su
catedral: la Iglesia de Notre Dame (Nuestra Señora).
Una vez más, el visitante es impactado por su diseño singular, su inconfundible
aspecto exterior, con sus dos torres truncas en la cabecera del edificio
milenario, y su majestuoso interior, la variedad de sus vitreaux, sus añejas
estatuas religiosas que acompañan el trayecto completo alrededor de la nave.
Un panorama diferente presenta la famosa Iglesia del Sagrado Corazón (Sacre
Cour).
Ubicada en el sector más elevado de París, el templo es un atractivo turístico
debido no sólo a la hermosura de sus líneas sino también a que desde sus altas
escalinatas se puede ver una postal aérea de la ciudad, incluyendo, por
supuesto, a la Torre Eiffel.
Atardecer en París. Una imagen de ensueño del río Sena y uno de sus hermosos e
innumerables puentes. Al fondo puede verse la Iglesia de Notre Dame.
Pero lo que más impresiona al visitante es la bohemia del barrio circundante,
Montmatre. Sitio de encuentro de la elite intelectual europea, el antiguo
rincón de los artistas y literatos es hoy albergue de pintores aficionados con
ambición, que aprovechan el interminable desfile de turistas para ofrecerse
como retratistas.
Por un precio moderado, el visitante puede llevarse de recuerdo su propia
imagen en las pinceladas de algún ignoto artista plástico que en el futuro
(¿quién sabe?) llegará a la fama, como sus antecesores.
Poblado de decenas de pequeños bares y restaurantes, centros de exhibiciones
y museos, Montmatre es otra de las muy agradables sorpresas de una
metrópolis que no termina de sorprender.
No es posible despedirse de París sin probar los manjares de la cocina francesa.
Sería imposible y tedioso enumerar los lugares donde es posible comer platos
típicos franceses en París. Cada zona posee una larga variedad de restaurantes
donde deleitarse. Si es por elegir, tal vez el lugar que mejor represente la
cocina francesa sea el Cafe de la Paix. Por el ambiente, por la atención, por la
presentación de sus platos, por el cuidado de sus delicadas ornamentaciones
interiores, por su estratégica ubicación frente a la Ópera de París, el Cafe de la
Paix es un lugar en donde el turista siente que la cena no se limita a la comida
en sí, sino a disfrutar de la tradición parisina en su más elevada expresión.
Si algo de malo habrá de buscarse a una visita a París, esto es que
indefectiblemente hay que regresar.
Atrás quedan la belleza de sus paisajes sin igual, la majestuosidad de sus
iglesias, la magnificencia de sus monumentos, la serena preciosura de su río
Sena, la bohemia de sus rincones artísticos, lo impactante de su arquitectura,
la singularidad de sus museos, y por supuesto, la esbelta, metálica e inolvidable
silueta de su Torre Eiffel, símbolo inequívoco de su grandioso pasado y su
orgulloso presente.
Todo lo que hace que París se transforme, aún antes de dejarla, en un lugar de
ensoñación, en un paraje que la memoria de quienes la visitan habrá de
guardar mientras vivan, para soñar con volver.
Porque París no es una ciudad...
París es un sueño.
.
No es lo que uno cree. No es lo que uno espera. Quien conoce el Arco de
Washington Square, en el Greenwich Village de New York, imaginará algo de
similar factura.
Se equivoca. El porte escultural y el tamaño descomunal, de proporciones
faraónicas del Arco del Triunfo, impacta a primera vista. Un túnel peatonal
decorado con motivos históricos por debajo de Champs Elysees permite llegar a
él sin cruzar a nivel la transitada avenida.
Imponente y fantástico, el Arco del Triunfo, sobre Champs Elysees.
Una de las mayores atracciones del Museo de Louvre: La Venus de Milo.
La Catedral de París: Notre Dame.
Una simple pero densa red de
subterráneos permite llegar a
todos los puntos de la ciudad de
manera económica, cómoda y
rápida. La llegada a la estación
De Gaulle y la corta caminata
hasta el Arco del Triunfo permite
un contacto directo e
inolvidable con el famoso
monumento.